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El país de los mártires

El futbol basa su arrastre a nivel mundial en un asunto de identidad. En algún punto de nuestras vidas adoptamos los colores y –a veces– hasta el estilo de vida que representa un equipo. De hecho, este mismo concepto se aplica a cualquier deporte, pero entra en un nivel superlativo si se trata del más popular de todos.

Cuando se trata de selecciones nacionales, la identidad proviene desde el vientre materno. Somos un mercado cautivo de nuestra bandera. Ningún ciudadano del mundo, al menos en un estado razonable de salud mental, festejará con más ahínco los goles de un país distinto al suyo.

El futbol es capaz de darle identidad incluso a aquellos que la niegan en la vida cotidiana. Los alemanes viven con el eterno remordimiento del régimen nazi de Adolfo Hitler y el daño que provocó en Europa, pero cuando el balón rueda y la Mannschaft está en la cancha, se les olvida la Segunda Guerra Mundial.

Cada país lo vive a su manera. Si en México los héroes patrios son personajes bélicos que perdieron la vida (Hidalgo, Morelos, Allende, Zapata, Villa y un largo etcétera), no debe sorprendernos que en el futbol nuestros ídolos sean también hombres que cayeron en desgracia después de magnas epopeyas en el empastado. Caso contrario, si volteamos a ver a los grandes ganadores de nuestra historia, se trata de personajes que después de su hazaña de gloria terminaron exiliados del cariño popular. Agustín de Iturbide, el hombre que consumó la Independencia, cometió el grave error de ser emperador; Hugo Sánchez pecó de presumir sus logros a la mínima provocación.

Para ser aficionado al futbol hay que saber soportar más fracasos que éxitos. Si hay 18 equipos en Primera División, significa que en promedio cada equipo va a ganar uno de cada 18 torneos (cada nueve años, pues). No estoy seguro si en alguna liga del mundo haya un equipo con más del 50 por ciento de los torneos ganados. Amar el futbol es también soportar la frustración.

Cuando se trata de Mundiales de futbol, estos números son aún más dramáticos: 32 equipos en un torneo que se celebra cada cuatro años y en el que además hay que pasar por un largo proceso previo solo para participar. No debe ser sorpresa que en 19 ediciones, solo ocho países hayan alcanzado esa gloria que, por su enorme complejidad, se vuelve eterna.

Por todo esto es que no me sorprende la reacción del pueblo de México ante la derrota de la Selección de futbol frente a Holanda. Fue otra de esas luchas de David contra Goliat, donde México siempre es David y Goliat siempre gana. Nos gusta el sabor de la tragedia. Nos gusta saber que por un momento podemos tirar al gigante, pero somos un pueblo tan pacífico que nunca lo vamos a matar.

Sin tanta metáfora de por medio, una parte de mí quisiera contagiarse de ese idilio popular con el “Piojo” Herrera y haber llorado como lo hizo Miguel Layún al final del partido. Y no es que no me duela, claro que duele, pero me duele más saber que se pudo ganar ese partido.

Quienes tenemos 28 o más años de edad, hemos visto –en plena consciencia– a la Selección Mexicana caer en la ronda de Octavos de Final en cada Mundial desde 1994. Son seis veces. Repetir las desgracias con una frecuencia tan exacta se convierte en la rutina del oprobio, en el desgaste del martirio sin muerte.

Por eso frases que cada cuatro años se repiten a ritmo de letanía de posada, como “con la cabeza en alto”, “con la cara al sol”, “sacaron la casta” y “se perdió con dignidad”, por mencionar algunas, funcionaron hasta Francia 1998, entraron en zona de tolerancia en Corea-Japón 2002 y a partir de Alemania 2006 ya no alcanzan para el consuelo.

México firmó su mejor participación en Mundiales fuera del país. Terminará como décimo lugar, uno mejor que el de Corea-Japón 2002. La frialdad del número muestra un progreso marginal en 20 años. Sigue sin alcanzar para el consuelo.

Hay muchas cosas que reconocerle a Miguel Herrera: levantó a un equipo que, moribundo, se sacó la lotería de un Repechaje intercontinental, le dio electroshocks con base León y América y una vez pasado el último obstáculo para llegar al Mundial, trabajó en un proceso exprés de siete partidos de preparación para definir a su ejército. El papel en Brasil fue superior a la expectativa. De tener a ese paciente en terapia intensiva a convertirlo en el décimo del mundo, bien merece una estrella en la frente para el doctor Herrera, pero eso no quita el desconsuelo de un futbol que apenas ha avanzado tres posiciones en dos décadas.

Más aún, que esa barrera de los Octavos de Final ya parezca maldita. México entero (no solo la Selección) entró en el trance del martirio cuando Arjen Robben tuvo a bien dramatizar una falta que no era necesario dramatizar. Rafael Márquez sí pisó a Robben, en la punta del pie, lo mínimo necesario para que reglamentariamente se marcara el penal. La caída del 11 holandés fue el pretexto ideal para ampararnos en la diosa desgracia, a la que cual solemos acudir de manera recurrente.

La tropa de Herrera, con Márquez como su mariscal, tuvo en jaque al Goliat holandés, con la espada en la yugular. Desistió matarlo al renunciar a la estrategia de ataque que le dio resultado durante 330 minutos de Mundial. En el futbol y en la guerra, la toma de decisiones es generalmente lo que determina el éxito, pero las cosas se mueven tan rápido que una determinación del minuto 62 puede ser obsoleta al 65.

Herrera aseguró que sacó a Giovani dos Santos, su mejor hombre de ataque en ese partido, para darle profundidad a la banda derecha con Javier Aquino. Parecería lógico si pensábamos que el inclemente sol de Fortaleza derretiría a los holandeses como paletas. Algo falló. Al grado que después del minuto 80 la Naranja volvió a ser Mecánica y agazapó a los mexicanos en el regazo de su área.

La caída dramatizada de Robben solo vino a darle el toque de épica a una muerte que en realidad estuvo anunciada desde el gol del empate de Wesley Sneijder. Fue el pretexto ideal para el martirio. Sobrecogidos por el aparente robo (lo admito, en el momento yo también pensé que no fue penal) el mexicano le dio vuelo a su historia. Nos han robado nuestros metales preciosos, medio territorio y el “quinto partido”. Este arrebato se firmó en el portugués de un árbitro europeo y de un terreno sudamericano.

Miguel Herrera y sus 23 jugadores volvieron a México en calidad de mártires, como nuestros héroes nacionales. No nos han dado la independencia, ni tierra y libertad, pero sí un pretexto más para sentir que podemos ser grandes, aunque aún no sepamos cómo lograrlo. Quisiera saber si Villa celebraba sus victorias con la División del Norte tal como el “Piojo” se abrazó en el piso con Paul Aguilar en el partido ante Croacia. Fueron arropados por un pueblo sediento de héroes, pero no de blasones.

Hace cuatro años le pedí a una amiga que estaba en Madrid que me trajera un periódico del 12 de julio, con la portada del título mundial que ganó España. La entrega tardó meses en llegar, en lo que Jésica terminó su aventura académica y laboral. No me importaba. Sabía que en 2014 voltearía a verlos para suspirar de nueva cuenta y ese momento llegó. Yo sí quiero ver a México campeón mundial de futbol.

Portada del diario Marca del 12 de julio de 2010

Por eso no pude entregarme al idilio popular por una selección de futbol que, pese a que se murió en la raya, no llegó mucho más lejos que las anteriores. Por eso no comparto la emoción de una derrota digna, que en su sexta repetición, se vuelve rutina cuatrienal. Por eso no puedo seguir escudando a mi selección en un supuesto robo arbitral cuando la derrota, en realidad, fue producto de la renuncia al estilo propio. A México no le dio miedo ganar: le dio miedo matar, porque en el fondo es mejor ser un mártir que viva en la historia que un héroe que muera en el desprecio.

Miguel Herrera se ganó con su trabajo el derecho de continuar al frente de la Selección Mexicana por revivir a un moribundo y darle cierto nivel de salud. Desde antes del Mundial, tuvo la osadía de decir que quiere ser campeón del mundo. Eso alienta. Ahora debe decidir si eso va más allá de las palabras, si quiere darle un giro a la historia o solo tratar de avanzar al quinto partido y volver otra vez como mártir y héroe.