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Jürgen Klopp y la foto del vestidor de Anfield

La celebración del Liverpool tras derrotar 4-0 al Barcelona en el partido de vuelta de la Semifinal de la Champions League 2018-19 y remontar un 0-3 adverso obtenido en la ida. | Foto: liverpoolfc.com

En octubre de 2015, Jürgen Klopp se sentó por primera vez en el vestidor del Liverpool, un espacio demasiado modesto para uno de los 10 clubes más poderosos del mundo: cuatro paredes blancas, las playeras de los jugadores colgadas en ganchos, sin casilleros, tres bancas rojas empotradas del largo de cada lado del cuarto, camas de masaje al centro, un refrigerador y una foto de Bill Shankly dando indicaciones a sus jugadores en los años 60 o 70.

La imagen de Bill Shankly y sus jugadores en el antiguo vestidor de Anfield, enero de 2013. | Foto: Ricardo Otero

Klopp llegó como apagafuegos después de un inicio desastroso de temporada del Liverpool bajo el mando de Brendan Rodgers. No pudo hacer mucho por esa campaña, el equipo terminó en octavo lugar, fuera de puestos europeos, pero llegó a la Final de la Europa League, que perdió contra el Sevilla.

Deportivamente hubo más que paciencia. Klopp venía de ganar dos Bundesligas, pero también llevó al Borussia Dortmund a la Final de la Champions League 2012-2013 y quedó subcampeón del torneo doméstico dos veces en tres de sus últimas temporadas mientras iniciaba una era dictatorial del Bayern Múnich, su verdugo en esos tres episodios.

Pero la valía de Klopp como entrenador ya estaba justificada. Al terminar la temporada 2014-2015 decidió tomar un año sabático que fue interrumpido por la oferta del Liverpool. ¿Qué hizo decidirse por un club que tenía para entonces 24 años sin ganar su Liga local, que no tenía una buena proyección al corto plazo y aceptar la presión inherente de dirigir al que fue el mejor club de Inglaterra de la segunda mitad del siglo XX?

El matrimonio perfecto

Liverpool es una ciudad de gente de clase trabajadora. Su puerto, históricamente, ha sido su motor económico. Las más grandes alegrías que han vivido han sido gracias a su club principal de futbol y a los Beatles. Entre 1977 y 1984, el Liverpool FC ganó cuatro Copas de Europa -lo que hoy es la Champions League- y además obtuvo 18 títulos de Primera División de Inglaterra hasta 1990, pero desde entonces quedó como un espectador de la época de gloria de su archirrival, el Manchester United. En un cuarto de siglo, Liverpool solo «pudo» ganar una Europa League en 2001, una Champions League -contra todo pronóstico- en 2005 y seis Copas domésticas (4 League’s Cup y 2 FA Cup). La sequía en la Liga Premier era tan dolorosa que el Manchester United los rebasó con 20 totales y que el milagro de la Final de Estambul de 2005 no era suficiente para cerrar.

Pero lo deportivo del Liverpool FC es solo parte de este rompecabezas. La afición del club es muy particular. Es muy respetuosa de su historia: de boca en boca y de generación en generación, hasta los más jóvenes aprenden quiénes son Bill Shankly, Bob Paisley, Joe Fagan y Kenny Dalglish. Pueden perdonarlo todo, excepto que sus jugadores no se mueran en la cancha. Y su «canto de guerra», You’ll Never Walk Alone, es una balada de los años 60, un one-hit wonder de un grupo llamado Gerry & The Pacemakers que habla de fraternidad, amistad y solidaridad ante la adversidad, pero que despide una energía incalculable e inenarrable cuando se canta por más de 50 mil personas en las gradas de su estadio, Anfield.

Además, históricamente la población de Liverpool ha sentido la opresión de la corona, la aristocracia inglesa y sus gobiernos. En 1989, una pésima planeación y ejecución del operativo logístico para la Semifinal de la Copa FA contra el Nottingham Forest en un estadio neutral, el de Hillsborough, derivó en la muerte de 97 aficionados de los Reds que viajaron a Sheffield y el gobierno los culpó de su propia muerte. Hasta 2012, el primer ministro David Cameron ofreció disculpas de forma pública por el desastre de Hillsborough, luego de una investigación independiente que ordenó por el suceso. En el puerto de Liverpool, mencionar a Margaret Tatcher puede ser motivo de causa de una bronca monumental en un pub.

Hay que sumar que después de la Segunda Guerra Mundial, los alemanes no son las personas favoritas de los ingleses.

En años previos a la llegada de Klopp, incluso se probó una nueva etapa de Kenny Dalglish como entrenador, el último que les dio un título de Liga en 1990. Nada funcionaba. Dos subcampeonatos, en 2009 y 2014, fueron los intentos más cercanos para ganar la Premier League.

Todo este contexto es relevante para entender lo que significó la llegada de Jürgen Klopp a Liverpool.

Klopp se ganó a una afición de características similares en Dortmund. Un fanático del heavy metal, cristiano protestante y de ideología política de izquierda. Ha sido muy transparente en lo público con eso. Su carisma es innegable, tanto como la manera en la que arropa a sus jugadores. Como entrenador, su estilo siempre ha sido ofensivo y de presión al rival en todo el campo, de posesión de balón y dinamismo. Ver a un equipo de Klopp en la cancha nunca ha sido aburrido.

Entrevistado luego del título de la Champions League de 2019, Klopp hace un juego de palabras de la canción ‘Let’s talk about sex’ y lo cambia por «six», por la sexta copa europea que ganó el club.

La cueva de los nerds

Para cuando llegó Klopp a Liverpool, el club ya contaba con una «cueva de nerds» que analizaba todo tipo de datos para la toma de decisiones más trascendental, incluida la contratación de jugadores y entrenadores. Esa estrategia deportivamente tuvo éxito en 2004 cuando los Boston Red Sox lograron cortar un maleficio de 84 años sin ganar una Serie Mundial. Los Red Sox y el Liverpool son parte del mismo grupo empresarial, el Fenway Sports Group (FSG). Eventualmente, los Reds también cosecharon éxitos con el Moneyball, la estrategia que creó Billy Beane, gerente general de los Oakland Athletics en 2002, y que fue adoptada y mejorada por FSG, que fue retratada en un libro y una película con ese nombre.

La contratación de Klopp, efectivamente, fue concebida desde la cueva de los nerds del club, encabezada entonces por Ian Graham, un doctor en física teórica por la Universidad de Cambridge. A sus datos medibles, se le sumó su perfil personal: un tipo de izquierda con conciencia de clase, carismático y franco que, así como encajó en Dortmund, debía encajar en Liverpool.

Graham y su equipo también fueron claves en las contrataciones de Mohamed Salah, Virgil van Dijk y Sadio Mané, los jugadores ícono de la era Klopp. Tampoco han sido casualidades las llegadas de Alison Becker, Luis Díaz, Diogo Jota o Darwin Núñez. A eso, le sumamos el trabajo que se hace desde la Academia (el equivalente a lo que en México son las Fuerzas Básicas) que han emanado a Jordan Henderson, Trent Alexander-Arnold o lo más jóvenes Curtis Jones o Jarell Quansah.

La era Klopp representa el resurgimiento de un club que tras una década de zozobra, está de forma consistente entre los protagonistas de la mejor Liga del mundo.

‘Nunca volveré a caminar solo’

El palmarés de Klopp con el Liverpool puede no parecer tan espectacular respecto a otros clubes del mundo: en ocho años y medio, una Premier League (2019-20), una Champions League (2018-19), una Copa FA (2021–22), dos Copas de la Liga (2021-22 y 2023-24), una Community Shield (2022), una Supercopa de Europa (2019) y el Mundial de Clubes (2020).

Pero creo que bien vale la pena sumar otras dos Finales de Champions League y dos subcampeonatos de la Liga Premier con el título en juego hasta la última jornada. Particularmente la temporada 2018-19 fue emblemática: se ganó el máximo título europeo, pero una cifra récord de su franquicia de 97 puntos y tener a dos de los tres campeones goleadores (Salah y Mané) fue insuficiente para obtener el de la Premier, que alcanzó el Manchester City con 98 unidades y que se decidió, literalmente, por un centímetro que el balón mordió la línea de gol un remate de Sadio Mané en el duelo directo entre estos equipos, en enero, ganado 2-1 por el City.

Como dije, la afición del Liverpool lo perdona todo, excepto no morirse en la cancha. Klopp se graduó con honores ante su hinchada, increíblemente, sin aún romper la sequía de títulos locales, que para entonces ya era de 29 años.

Al año siguiente, otra temporada de excelencia sí les dio la Premier, esa vez con 99 puntos. En dos temporadas, el Liverpool de Klopp obtuvo 196 de 228 puntos posibles, para un delirante 86% de efectividad al que cualquier equipo del mundo envidiaría en una temporada, no digamos en dos.

De hecho, Jürgen Klopp es el único entrenador que ganó más del 60% de los partidos en todas las competiciones donde dirigió al Liverpool. Ni Paisley.

Lo único que se puede lamentar del título de la temporada 2019-20 es que la celebración se hizo en un estadio vacío ante las restricciones por la pandemia.

Aún con el estadio vacío, el Liverpool montó una celebración legendaria en Anfield para recibir el trofeo de la Premier en 2020. El capitán Jordan Henderson dijo que fue una maravillosa coincidencia asegurarlo con 96 puntos, en honor a las víctimas de Hillsborough. | Foto: liverpoolfc.com

Hablar de un entrenador de época del Liverpool son declaraciones mayores. Las comparaciones con personajes como Bill Shankly, Bob Paisley o Kenny Dalglish no pueden ser tomadas a la ligera. Shankly «solo» ganó 9 títulos en 15 años desde 1959, pero resulta que asciendió al equipo en 3 años y entre los siguientes 12, ganó tres veces la Liga.

Shankly nunca ganó la Copa de Europa. En Liverpool, su mayor reconocimiento no es una vitrina de trofeos, sino la frase, que repite aún hoy en día la afición, «he made people happy» («él hizo feliz a la gente»). Tomó al club en 1959 en segunda división, con instalaciones obsoletas y plantó la semilla para convertirlo en el mejor de Europa. Además del You’ll Never Walk Alone, Shankly implementó otro ritual: un sencillo letrero con el logotipo y la frase «This in Anfield» («Esto es Anfield»), colocado en la escalera que conducía a la cancha.

El sucesor de Shankly, Bob Paisley, quien fue su auxiliar técnico durante esos 15 años, recogió esos frutos con 6 títulos locales y tres de la Copa de Europa en nueve temporadas.

Pero la foto que vio Klopp en el vestidor del Liverpool el día que llegó al club, fue la de Shankly, no la de Paisley. Eso habla de que el culto de la afición prioriza lo cualitativo sobre lo cuantitativo.

Durante la etapa de Klopp se hicieron mejoras en Anfield: se amplió una grada, se hicieron nuevos y más modernos vestidores, se colocó un pasillo para acceder a la cancha, en lugar de la estrecha escalera, pero ahí se colocó el letrero de Shankly, con la frase con la que lo justificó: «está ahí para recordarle a los chicos para quiénes juegan y para recordarle a los rivales contra quiénes juegan».

La era de Klopp es de modernidad en el club, pero la historia y su culto permanecen intactos. Al palmarés de los ocho trofeos, hay que agregarle las remontadas europeas contra el Borussia Dortmund en los Cuartos de Final de la Europa League de 2016 y la más importante, la de la Semifinal de la Champions de 2019, contra el Barcelona. Las dos mejores temporadas en puntos en la historia del club -aunque una no haya concluido con un trofeo-.

Pero por sobre todas las cosas, la manera en la que arropó a Luis Díaz durante el secuestro de su padre y a cada jugador y colaborador suyo en cada situación personal que atravesaron. Cada sonrisa en la victoria y cada autocrítica en la derrota. Cada gesto de empatía con los aficionados. Sus cantos y bailes en las celebraciones de los títulos. La conexión permanente con el sentir de la hinchada. Y que en su despedida mandara hacer sudaderas para él y sus colaboradores con la frase «nunca volveré a caminar solo otra vez».

Justo el día en el que un equipo ganó cuatro títulos consecutivos de la Liga de Inglaterra por primera vez en la historia, en Anfield hubo una celebración que duró más tiempo que la del campeón Manchester City para despedir a Jürgen Klopp. The Kop, la tribuna más ultra del estadio, colocó un mosaico que incluyó la bandera de Alemania, en una de las ciudades más lastimadas por los bombardeos de ese país en la Segunda Guerra Mundial.

Se le agradeció también a los jugadores que dejan el club en este verano, incluido un Thiago Alcántara que pasó más tiempo lesionado que activo y al que, cualquier otro club del mundo, le habría cambiado los aplausos que recibió por una reacción entre la indiferencia y el repudio.

En Liverpool no existe lugar para la arrogancia. Para aparecer en las banderas con los rostros de los técnicos notables del club se necesitan algunos títulos, pero antes de eso, mucha garra y mucha humildad. A Rafa Benítez le bastó la remontada más grande en la historia de la Champions League para que su rostro esté ahí.

A Klopp también le dicen «él hizo feliz a la gente». Compararlo con Bill Shankly es el máximo honor que puede recibir un entrenador del Liverpool. Algún día será su foto con sus jugadores la que aparezca en el vestidor de Anfield.


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