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Brasil tiene muchos motivos para llorar

¿Cuántas cosas podían salirle mal a Brasil en su Mundial? Quizás más de las que ellos mismos hayan presupuestado.

El 16 de julio de 1950, un chico de 9 años vio a su padre llorando en casa junto a la radio. La selección de Brasil perdió el partido decisivo por el título del Mundial en su país. De las millones de historias que surgieron del Maracanazo hubo una que convirtió la tragedia en abono: el pequeño Edson consoló a su padre al decirle que él ganaría el Mundial, para que dejara de llorar.

A 64 años de distancia, Brasil quiso difuminar un fantasma que, en realidad, ya estaba superado. Con cinco campeonatos mundiales en ese lapso y con la redefinición del espectáculo en sus pies, para el Scratch du Oro ganar el Mundial en casa solo habría sido la cereza del pastel y, por qué no decirlo, un acto de soberbia.

Brasil se obsesionó con el Maracanazo al grado de gastar 11 mil millones de dólares en un torneo de 32 equipos, 736 deportistas y 64 eventos. Construyó y remodeló estadios incluso en zonas donde el futbol no es una religión para que el mundo descubriera que el gigante de Sudamérica tiene problemas más apremiantes que una hipotética convocatoria de Ronaldinho.

Pudo más el recuerdo de aquel gol de Alcides Gigghia que hizo llorar al padre de Pelé y a muchos millones de brasileños más, que los 64 años de historia en medio entre el pasado y el presente. Para su mala suerte, la generación menos talentosa de brasileños de toda esta época era la encargada de servir como anfitrión. Por eso revivió el fantasma del Maracanazo: Brasil extrañó a Pelé tanto como un bebé puede llegar a extrañar a su madre.

Por eso vuelvo a esa escena del pequeño Pelé y su padre el 16 de julio de 1950. Aquella tarde en un humilde hogar de Minas Gerais empezó a reescribirse la historia del futbol mundial. El pequeño que jugaba con una naranja –o eso dicen–, ocho años más tarde enjuagó las lágrimas de su padre con las suyas en los hombros de sus compañeros al cumplir su promesa. A partir de ese momento, en Estocolmo, el número 10 se convirtió en el sinónimo de espectáculo, creatividad y magia con el balón. Si Nadia Comanecci hizo del 10 el símbolo de la perfección en la gimnasia, Pelé y Brasil lo convirtieron en la representación más pura del juego bonito en el balompié.

Por eso, en el momento en el que David Luiz mostró al mundo la playera con el dorsal 10 durante la ceremonia de los himnos nacionales, hizo más que un gesto de solidaridad con la estrella caída de este Mundial: enseñó su historia, el número de Pelé, Zico, Rivaldo, Ronaldinho y, el actual, cuyo nombre estaba impreso en ese jersey, el convaleciente Neymar. David Luiz apeló no solo al joven heredero, sino a todos sus antecesores, probablemente sin darse cuenta.

Pero en la cancha no estaban Neymar, Ronaldinho, Rivaldo, Zico, ni Pelé. El único dotado de cierto talento dentro de un equipo terrenal, estaba en casa confinado a una faja y sin aún reparar –quizás– en la fortuna de que una fractura de vértebra le permita continuar con su carrera. Su futbol no pudo ser compensado con las 65 mil máscaras que portaron los aficionados en el Mineirao. Ayer se comprobó que la magia no puede ser compensada de manera alguna cuando se ausenta.

La realidad es que, dentro del idilio hacia el tótem en desgracia que terminó al minuto 11 con el gol de Thomas Müller, Brasil era consciente de la catástrofe que estaba por llegar. Durante los himnos nacionales, David Luiz, capitán ante la ausencia de Thiago Silva por suspensión, lucía un miedo en el rostro directamente proporcional con el volumen de su canto; mismo caso del portero Julio Cesar, que hasta parecía no haber dormido bien. Pudo más la presión del momento histórico que la motivación de ofrecer el partido al sacrificado y al pueblo.

Al terminar el idilio, David Luiz se comió cinco de los siete goles que marcó Alemania. En el primero, quedó bloqueado entre Klose y Fernandinho mientras perseguía a Müller, quien remató con toda comodidad a centímetros del piso en un tiro de esquina. En el tercero, quedó gravitando en su área chica mientras Kroos, sin un brasileño a kilómetros a la redonda, fusiló a Julio Cesar. En el quinto, se entregó a 35 metros de su portería en una incorporación del central Mats Hummels para que Marcelo, Maicon y Dante solo vieran a Khedira anotando. En el sexto, descoordinado con Dante en la marcación, permitieron que Schürrle rematara en el corazón del área. Y en el séptimo, solo le vio el dorsal 9 al mismo Schürrle mientras éste pegó un poderoso fierrazo de zurda.  Al terminar el partido, se hincó para orar y después, con los ojos hinchados, pidió perdón al pueblo y nos hizo recordar que fue el mismo tipo que hace unos días pidió reconocimiento mundial a James Rodríguez.

Es cierto: acreditar la tragedia solo a David Luiz es injusto. Dante y Fernandinho fueron un verdadero caos en la zaga. El centro delantero Fred ya está instalado como el peor en su posición en la historia mundialista del Scratch. Hulk siguió tirándose clavados. Brasil fue el caos que quedó de seguir llamando jogo bonito a un estilo que terminó como constante en 1986 y que solo volvió a aparecer de manera fugaz en 2002.

Luiz Felipe Scolari, justamente el último técnico campeón brasileño en 2002, fue el llamado para sacarle jugo a las piedras que quedaron exhibidas en Belo Horizonte. Llegó hasta donde pudo. La generación de 2002 tuvo el talento de Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho, es decir, tuvo un 9, un 10 y un 11; la de 2014 solo tenía a Neymar.

El partido fue, como lo describió ayer Alberto Lati, la tormenta perfecta. Cualquier análisis queda con un saldo corto. Nada cuadra. Brasil extrañó más el orden de Thiago Silva que la magia de Neymar. Probablemente ni el 10 actual junto a Pelé, Zico, Rivaldo y Ronaldinho habrían evitado la tragedia. Hasta parece una cruel obra del destino que hace días cayera un puente vehicular en esa ciudad, justamente la misma donde nació la actual presidenta, Dilma Rousseff.

Sesenta y cuatro años después se cierne la peor derrota en la historia del futbol brasileño. El Maracanazo cayó como balde ante la ilusión de un país que nunca había ganado un Mundial, mientras que el Mineirazo aplastó a un gigante que tenía cinco conquistas. Brasil llegó a estas Semifinales traicionando a su historia (¿o cómo les explico las 31 faltas que cometieron ante Colombia?), amparado en que el fin justifica los medios, y pagó cara la osadía. Ya es momento de ver al jogo bonito como historia o persistir en el engaño de confundir el pasado con el presente.

Sesenta y cuatro años después de ver a su padre estallar en llanto, Pelé se enteró que su hijo, Edinho, fue detenido por lavado de dinero y será obligado a cumplir una condena de 33 años. Doble razón para llorar.

La verdeamarelha, humillada, terminará su Mundial jugando por el tercer lugar en Brasilia, donde se reconstruyó un estadio que costó tres veces más que su presupuesto original –un total aproximado de 900 millones de dólares– y no tiene asegurado uso futuro, ya que en esa ciudad no hay más que un equipo de cuarta división, sin posibilidad alguna de llenar sus 70 mil asientos. Un elefante blanco. Parece ser la perfecta y karmática analogía para un país que pagó el Mundial más caro de la historia en medio de una delicada situación económica y social.

Quizás otro Maracanazo habría sido más aceptable.

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El país de los mártires

El futbol basa su arrastre a nivel mundial en un asunto de identidad. En algún punto de nuestras vidas adoptamos los colores y –a veces– hasta el estilo de vida que representa un equipo. De hecho, este mismo concepto se aplica a cualquier deporte, pero entra en un nivel superlativo si se trata del más popular de todos.

Cuando se trata de selecciones nacionales, la identidad proviene desde el vientre materno. Somos un mercado cautivo de nuestra bandera. Ningún ciudadano del mundo, al menos en un estado razonable de salud mental, festejará con más ahínco los goles de un país distinto al suyo.

El futbol es capaz de darle identidad incluso a aquellos que la niegan en la vida cotidiana. Los alemanes viven con el eterno remordimiento del régimen nazi de Adolfo Hitler y el daño que provocó en Europa, pero cuando el balón rueda y la Mannschaft está en la cancha, se les olvida la Segunda Guerra Mundial.

Cada país lo vive a su manera. Si en México los héroes patrios son personajes bélicos que perdieron la vida (Hidalgo, Morelos, Allende, Zapata, Villa y un largo etcétera), no debe sorprendernos que en el futbol nuestros ídolos sean también hombres que cayeron en desgracia después de magnas epopeyas en el empastado. Caso contrario, si volteamos a ver a los grandes ganadores de nuestra historia, se trata de personajes que después de su hazaña de gloria terminaron exiliados del cariño popular. Agustín de Iturbide, el hombre que consumó la Independencia, cometió el grave error de ser emperador; Hugo Sánchez pecó de presumir sus logros a la mínima provocación.

Para ser aficionado al futbol hay que saber soportar más fracasos que éxitos. Si hay 18 equipos en Primera División, significa que en promedio cada equipo va a ganar uno de cada 18 torneos (cada nueve años, pues). No estoy seguro si en alguna liga del mundo haya un equipo con más del 50 por ciento de los torneos ganados. Amar el futbol es también soportar la frustración.

Cuando se trata de Mundiales de futbol, estos números son aún más dramáticos: 32 equipos en un torneo que se celebra cada cuatro años y en el que además hay que pasar por un largo proceso previo solo para participar. No debe ser sorpresa que en 19 ediciones, solo ocho países hayan alcanzado esa gloria que, por su enorme complejidad, se vuelve eterna.

Por todo esto es que no me sorprende la reacción del pueblo de México ante la derrota de la Selección de futbol frente a Holanda. Fue otra de esas luchas de David contra Goliat, donde México siempre es David y Goliat siempre gana. Nos gusta el sabor de la tragedia. Nos gusta saber que por un momento podemos tirar al gigante, pero somos un pueblo tan pacífico que nunca lo vamos a matar.

Sin tanta metáfora de por medio, una parte de mí quisiera contagiarse de ese idilio popular con el “Piojo” Herrera y haber llorado como lo hizo Miguel Layún al final del partido. Y no es que no me duela, claro que duele, pero me duele más saber que se pudo ganar ese partido.

Quienes tenemos 28 o más años de edad, hemos visto –en plena consciencia– a la Selección Mexicana caer en la ronda de Octavos de Final en cada Mundial desde 1994. Son seis veces. Repetir las desgracias con una frecuencia tan exacta se convierte en la rutina del oprobio, en el desgaste del martirio sin muerte.

Por eso frases que cada cuatro años se repiten a ritmo de letanía de posada, como “con la cabeza en alto”, “con la cara al sol”, “sacaron la casta” y “se perdió con dignidad”, por mencionar algunas, funcionaron hasta Francia 1998, entraron en zona de tolerancia en Corea-Japón 2002 y a partir de Alemania 2006 ya no alcanzan para el consuelo.

México firmó su mejor participación en Mundiales fuera del país. Terminará como décimo lugar, uno mejor que el de Corea-Japón 2002. La frialdad del número muestra un progreso marginal en 20 años. Sigue sin alcanzar para el consuelo.

Hay muchas cosas que reconocerle a Miguel Herrera: levantó a un equipo que, moribundo, se sacó la lotería de un Repechaje intercontinental, le dio electroshocks con base León y América y una vez pasado el último obstáculo para llegar al Mundial, trabajó en un proceso exprés de siete partidos de preparación para definir a su ejército. El papel en Brasil fue superior a la expectativa. De tener a ese paciente en terapia intensiva a convertirlo en el décimo del mundo, bien merece una estrella en la frente para el doctor Herrera, pero eso no quita el desconsuelo de un futbol que apenas ha avanzado tres posiciones en dos décadas.

Más aún, que esa barrera de los Octavos de Final ya parezca maldita. México entero (no solo la Selección) entró en el trance del martirio cuando Arjen Robben tuvo a bien dramatizar una falta que no era necesario dramatizar. Rafael Márquez sí pisó a Robben, en la punta del pie, lo mínimo necesario para que reglamentariamente se marcara el penal. La caída del 11 holandés fue el pretexto ideal para ampararnos en la diosa desgracia, a la que cual solemos acudir de manera recurrente.

La tropa de Herrera, con Márquez como su mariscal, tuvo en jaque al Goliat holandés, con la espada en la yugular. Desistió matarlo al renunciar a la estrategia de ataque que le dio resultado durante 330 minutos de Mundial. En el futbol y en la guerra, la toma de decisiones es generalmente lo que determina el éxito, pero las cosas se mueven tan rápido que una determinación del minuto 62 puede ser obsoleta al 65.

Herrera aseguró que sacó a Giovani dos Santos, su mejor hombre de ataque en ese partido, para darle profundidad a la banda derecha con Javier Aquino. Parecería lógico si pensábamos que el inclemente sol de Fortaleza derretiría a los holandeses como paletas. Algo falló. Al grado que después del minuto 80 la Naranja volvió a ser Mecánica y agazapó a los mexicanos en el regazo de su área.

La caída dramatizada de Robben solo vino a darle el toque de épica a una muerte que en realidad estuvo anunciada desde el gol del empate de Wesley Sneijder. Fue el pretexto ideal para el martirio. Sobrecogidos por el aparente robo (lo admito, en el momento yo también pensé que no fue penal) el mexicano le dio vuelo a su historia. Nos han robado nuestros metales preciosos, medio territorio y el “quinto partido”. Este arrebato se firmó en el portugués de un árbitro europeo y de un terreno sudamericano.

Miguel Herrera y sus 23 jugadores volvieron a México en calidad de mártires, como nuestros héroes nacionales. No nos han dado la independencia, ni tierra y libertad, pero sí un pretexto más para sentir que podemos ser grandes, aunque aún no sepamos cómo lograrlo. Quisiera saber si Villa celebraba sus victorias con la División del Norte tal como el “Piojo” se abrazó en el piso con Paul Aguilar en el partido ante Croacia. Fueron arropados por un pueblo sediento de héroes, pero no de blasones.

Hace cuatro años le pedí a una amiga que estaba en Madrid que me trajera un periódico del 12 de julio, con la portada del título mundial que ganó España. La entrega tardó meses en llegar, en lo que Jésica terminó su aventura académica y laboral. No me importaba. Sabía que en 2014 voltearía a verlos para suspirar de nueva cuenta y ese momento llegó. Yo sí quiero ver a México campeón mundial de futbol.

Portada del diario Marca del 12 de julio de 2010

Por eso no pude entregarme al idilio popular por una selección de futbol que, pese a que se murió en la raya, no llegó mucho más lejos que las anteriores. Por eso no comparto la emoción de una derrota digna, que en su sexta repetición, se vuelve rutina cuatrienal. Por eso no puedo seguir escudando a mi selección en un supuesto robo arbitral cuando la derrota, en realidad, fue producto de la renuncia al estilo propio. A México no le dio miedo ganar: le dio miedo matar, porque en el fondo es mejor ser un mártir que viva en la historia que un héroe que muera en el desprecio.

Miguel Herrera se ganó con su trabajo el derecho de continuar al frente de la Selección Mexicana por revivir a un moribundo y darle cierto nivel de salud. Desde antes del Mundial, tuvo la osadía de decir que quiere ser campeón del mundo. Eso alienta. Ahora debe decidir si eso va más allá de las palabras, si quiere darle un giro a la historia o solo tratar de avanzar al quinto partido y volver otra vez como mártir y héroe.