Los Dodgers se mudaron en 1958 a Los Ángeles desde Brooklyn. Para ello, se construyó el parque de pelota más grande de Estados Unidos en Chavez Ravine, una zona de Los Ángeles en la que vivían principalmente mexicanos que fueron desplazados a finales de los años 50.
Provenientes de Nueva York, en sus primeros 25 años en el sur de California, los Dodgers de Los Ángeles fueron algo muy diferente a lo que conocemos hoy en día. Eran un equipo asociado a la clase aristocrática de la ciudad, con un estadio gigantesco, totalmente alejado de la creciente diáspora hispanohablante de la ciudad. Y cómo no, si los mexicanos no pasan por alto los atropellos a los suyos.
Hasta que a finales de los años 70, la familia O’Malley, los dueños del equipo, quisieron buscar un pelotero mexicano para conectar con la creciente comunidad hispana y abrir mercado. La historia es bastante conocida: el scout Mike Brito viajó a México para ojear a un parador en corto llamado Ali Uscanga, pero quedó maravillado por un lanzador de apenas 16 años que dominó a Uscanga y su equipo. Fernando Valenzuela, un adolescente de una ranchería de Sonora llamada Etchohuaquila, cercana a Ciudad Obregón, entonces pitcher de los Leones de Yucatán, fue el elegido por Brito.
(Uscanga, por cierto, nunca llegó a Grandes Ligas, pero tuvo una carrera bastante decente en la Liga Mexicana de Beisbol. Falleció en 2021.)
Peter O’Malley firmó a Fernando. No sé si lo hizo realmente con una intención de resarcir el saqueo de Chavez Ravine que concretó su padre, Walter, pero definitivamente esa fue la jugada que cambió para siempre la identidad de su equipo.
El mágico 1981 de Fernando Valenzuela
El 9 de abril de 1981, los Astros se alinearon para ver a Fernando Valenzuela en el montículo. Esto fue al mismo tiempo una expresión literaria y otra híperrealista: Valenzuela fue el pitcher abridor del Opening Day -el partido inaugural en casa de la temporada- contra los Astros de Houston, pero para que eso ocurriera, dos lanzadores fueron descartados. El mexicano era la tercera opción, porque además, ese fue su debut como abridor.
Aunque jugó algunos partidos como relevista en la temporada anterior, desde ese día los aficionados al beisbol se acostumbraron a ese movimiento peculiar de Fernando al hacer sus lanzamientos: un levantamiento más alto de lo normal de la pierna derecha y la mirada apuntando al cielo por un instante a la mitad del proceso. Lo que no pudieron hacer sus rivales fue encontrarle la pelota y descifrar para dónde iba.
Los Dodgers ganaron 2-0 con una labor magistral desde el montículo de Valenzuela, quien lanzó las 9 entradas completas. Llegó a tener marca de 8-0, un récord de las Grandes Ligas para un novato. Su ERA -promedio de carreras limpias- en ese lapso fue de 0.50 (el ERA se calcula con el número de carreras recibidas sin errores o outs en la jugada, entre cada 9 entradas lanzadas, es decir, Fernando recibía una carrera limpia por cada dos partidos completos).
La temporada se interrumpió por una huelga y acaso eso hizo que algunos de sus números al final de la fase regular fueran de menor escándalo que lo posible: 13 victorias, 7 derrotas, ERA de 2.48, 11 juegos completos, 8 blanqueadas -esos dos últimos sí fueron de escándalo-, y designado para abrir el Juego 3 de la Serie Mundial contra los Yankees de Nueva York.
El 23 de octubre de 1981, Valenzuela se convirtió en el pitcher más joven en abrir un partido de Serie Mundial. Para la tercera entrada, había recibido 4 carreras. El manager Tom Lasorda le dio confianza de seguir y colgó ceros en las siguientes 6 entradas. Los Dodgers ganaron 5-4 y sobrevivieron a lo que habría sido una derrota catastrófica que pondría la serie 3-0 para los Yankees.
En lugar de eso, la victoria de Valenzuela, nuevamente de ruta completa, levantó a los Dodgers, que ganaron los siguientes juegos en fila para llevarse el título en 6. La confianza en él, ganador del premio Cy Young -al mejor pitcher de la temporada- y como Novato del Año en la Liga Nacional, era tanta que él habría sido el abridor del Juego 7, que ya no fue necesario.
La Fernandomanía: del marketing a la declaración política
Con solo 20 años de edad, Fernando Valenzuela llevó a miles de mexicanos por primera vez a un parque de beisbol. Dodger Stadium se volvía territorio mexicano cada vez que el ‘Toro de Etchohuaquila’ iba al montículo y, eventualmente, los fans se arraigaron tanto que van sin importar quién lance o si no hay mexicanos en el campo.
No vamos a negarlo: tras el desplazamiento de la comunidad mexicana de Chavez Ravine para construir el estadio, llevar a Fernando Valenzuela fue una estrategia para ampliar el mercado de los Dodgers, pero también resultó ser un acto de reconciliación. Desde entonces, aún a la fecha, se habla español en Dodger Stadium, que es el tercer estadio más antiguo de los que están vigentes en las Grandes Ligas.
El fenómeno mediático que explotó en 1981 bajó el nombre de Fernandomanía tuvo diferentes contextos. El más obvio es precisamente el empoderamiento de la comunidad hispana en Los Ángeles, cuya población de mexicanos supera a la de cualquier otra ciudad, incluso de México, excepto la capital del país.
También fue el empoderamiento de los peloteros latinos, que si bien ya tenían representantes históricos de renombre previos, como Roberto Clemente, Luis Aparicio o Rod Carew, entre otros, encontró en Fernando Valenzuela el cuento de hadas perfecto para ilustrar el «sueño americano»: un joven talentosísimo, que entonces no hablaba inglés, cuyo rendimiento deportivo explosivo fue inversamente proporcional a su personalidad silenciosa y tímida.
Pasaron los años y la conexión entre los Dodgers y la comunidad mexicana de Los Ángeles se mantiene intacta, al grado que el equipo le hizo una excepción histórica: retiró su número, el 34, el año pasado, pese a que ya no era elegible para entrar al Salón de la Fama, uno de los requisitos para tener esta distinción. Si acaso, solo Jackie Robinson, el primer pelotero de raza negra de las Grandes Ligas, tuvo un impacto social tan grande en los Dodgers como Fernando Valenzuela, pero él en la época en la que el equipo jugaba en Brooklyn.
Cuando uno mira cifras objetivamente, entiende que a Valenzuela le faltó longevidad, más que nivel deportivo, y probablemente, ya con menos objetividad de por medio, también ser estadounidense para entrar al Salón de la Fama de las Grandes Ligas. Ningún mexicano ha llegado ahí.
Al sur del Río Bravo -o Río Grande, como se le conoce en Estados Unidos-, una generación de niños y adolescentes mexicanos hacia finales de los años 80 detenían su mundo cada vez que Hugo Sánchez jugaba con el Real Madrid, que Julio César Chávez subía al ring… y que Fernando Valenzuela lanzaba contra los mejores peloteros del mundo. Esa generación, a la que pertenezco, no tenía fantasmas del pasado ni veía cortapisas en la manera en la que los tres ídolos dominaban lo que hacían. En 1990, Hugo ganó el Botín de Oro como mejor goleador de toda Europa; Julio César venció a Meldrick Taylor con un nocaut dramático en una pelea que habría perdido por decisión, a dos segundos de su fin; y Fernando lanzó un juego sin hit ni carrera. La representación cuenta. Gracias a ellos tres, los niños y jóvenes mexicanos sentíamos que podíamos hacer cualquier cosa.
Las señales que deja Fernando Valenzuela
Soy una persona atenta a las señales y coincidencias. Aunque caiga en el esoterismo, quisiera pensar que hay una especie de magia en que Fernando Valenzuela nos haya dejado a días de iniciar la primera Serie Mundial entre Dodgers y Yankees desde aquella que protagonizó en 1981, pero que en los 40 años previos, ocurrió 11 veces.
Cuando publico este texto, el 23 de octubre, se cumplen 43 años de la única participación de Fernando Valenzuela en una Serie Mundial y solo un día después del inicio de su desccanso eterno. Le espera un merecido homenaje previo al Juego 1 de esta Serie en su casa.
Y si bien aquella vez la Serie inició en Yankee Stadium y esta en Dodger Stadium, la repetición del resultado de 1981, una victoria de los Dodgers en 6 juegos, coincidiría con el cumpleaños 64 de Valenzuela, el 1 de noviembre, fecha en la que está pactada el sexto choque. Quiero pensar que si eso pasa, será porque Fernando habrá vuelto a lanzar.
Porque los mexicanos podemos hacer cualquier cosa.
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