¿Notaste que en el nuevo protocolo de los himnos nacionales, los jugadores le dan la espalda a sus banderas?

Show de medio tiempo, anillos para los campeones, un protocolo de himnos nacionales visualmente abrumador… Cuando Gianni Infantino le dijo a Donald Trump que el Mundial de futbol es como tener 104 Super Bowls, no lo decía tanto como una afirmación real, sino como un anhelo.
Porque en eso quiso convertirlo.
El Mundial 2026 será recordado por su parafernalia. Desde una ceremonia de himnos nacionales que pasó de solemne a visualmente impactante hasta la idea de dar anillos a los ganadores de la Final… y dejar casi 2 mil de ellos a la venta al público, lo que, hasta donde sé, no ha explorado ninguna de las Ligas profesionales de Estados Unidos.
No es que sorprenda mucho lo parafernálico de esta Copa del Mundo al ser celebrada en Estados Unidos. Si alguien sabe de cómo montar una producción espectacular son ellos. Efectos visuales, grandes puestas en escena, innumerables estrellas musicales y una inherente necesidad de atención que tiene todo lo hecho en ese país.
Para un aficionado al futbol romántico, ese que nació en el llano, que experimentó las primeras euforias de marcar un gol en el recreo o en un torneo infantil, lo que se vio en el Mundial puede parecer demasiado. No digamos quienes crecimos viendo partidos de Copa del Mundo en el Estadio Neza 86, en el Sergio León Chávez, y que incluso vimos una Final en el Rose Bowl, un inmueble que tenía entonces 73 años de edad en la nación donde los estadios futuristas ya eran una realidad.
Abrazamos la evolución, por supuesto. Pero también hay que analizar sus costos.
Antes la FIFA que la bandera nacional
Desde el primer momento, con el protocolo de los himnos nacionales en el partido inaugural, entendimos lo que vendría: banderas monumentales y el afiche circular de la FIFA que, entre ellos, cubrían algo así como el 70 por ciento del campo. Lo que sí reconozco para bien es la presencia de los 26 futbolistas, es decir, que no estuviera limitado solo a los titulares, lo que se atribuyó a una idea del italiano Alessandro Del Piero.
Estoy seguro que Del Piero no propuso las tomas abiertas para ver la cancha cubierta ni los fuegos artificiales. A él en su época le tocó simplemente salir en formación, ver a cuatro niños sosteniendo su bandera que difícilmente tenía más de dos metros de altura, en un ángulo que, no sé, habrá sido de unos 45 grados, se canta el himno y vámonos a jugar.
Pero lo parafernálico del nuevo protocolo provocó un dislate del que nadie habló y que me parece una falta de respeto: que los jugadores, colocados alrededor del círculo monumental de la FIFA de 20 yardas de diámetro, le daban la espalda a su bandera.
El show de medio tiempo
Tras la experiencia de haber cubierto un Super Bowl en la sede del partido les puedo afirmar que el miniconcierto del medio tiempo es un show pensado para la audiencia de televisión y no para los asistentes al estadio. Aquella vez, recibí un mensaje de mi hoy esposa, totalmente impactada, preguntándome si lo estaba viendo. Entre notas que debía terminar antes del tercer cuarto con la música de Lady Gaga de fondo le respondí que solo veía desde mi lugar un frijol saltarín.
En México sabemos de shows de medio tiempo en partidos de futbol. Por ahí de los años 90, los juegos en el Estadio Azteca tenían ese miniconcierto donde salía el o la artista o grupo de moda con contrato con Televisa a cantar algo así como tres canciones, sin un escenario, solamente en la cancha y con micrófono y, quizás, instrumentos. Se llegó a normalizar tanto que sabíamos que hacían play back y los asistentes al estadio le prestábamos poca o nada de atención.
Pero lo que vamos a ver mañana en Nueva York es un show al estilo de los del Super Bowl que justamente desde los años 90, cuando Michael Jackson en la edición 27 puso la vara, es una competencia por hacer lucir una producción más perrona que las anteriores. Más parafernálica, pues. La música, incluso, puede pasar a segundo término.
Desde la superficie parece que no está mal excepto por una cosa: la International Board, ese organismo que poca gente conoce, pero que es el que pone las reglas del futbol, es muy estricta en cuanto a que el medio tiempo debe durar solo 15 minutos. Incluso aquellos medios tiempos del Azteca en los 90 se ajustaban a eso y por eso no buscaban lucirse con las producciones (y por presupuesto, supongo), pero el show que plantea la FIFA, si bien tendrá -dicen- 11 minutos de duración, requerirá “tiempo extra” para montar y desmontar el escenario.
Una cosa que van a replicar del show de la NFL es la saturación de artistas: Madonna, Shakira, BTS, Justin Bieber y Burna Boy, a quienes se sumarán Coldplay, el director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel, y el coro PS22 Chorus, bajo la dirección artística de Chris Martin.
Con el reto de que todo eso quepa en 11 minutos, menos de lo que han durado los tiempos de compensación -solo del segundo tiempo- de algunos partidos.
El show de medio tiempo del Super Bowl pasó de ser un momento de entretemiento en el estadio y evolucionó para ser una herramienta de mercadotecnia de la NFL para atraer audiencias que no son fanáticas del futbol americano para que vean el partido. En el caso del futbol, cuya base de aficionados se calcula en la mitad de la población mundial, es decir, de unas 4 mil millones de personas, solo se me ocurre una pregunta:
¿Para qué?
Los anillos para el campeón… y para quienes puedan pagarlo
En los deportes profesionales de Estados Unidos hay una tradición, ya de muchas décadas, de entregar anillos a los campeones. Esta costumbre, por supuesto, tampoco ha escapado a la naturaleza parafernálica del país.
Pero algo que no ha hecho ni la NBA, ni la NFL, ni la MLB es ponerlos a la venta al público.
Existen réplicas visualmente muy parecidas y de materiales mucho más económicos, pero algo así como vender el mismo diseño, con las mismas piezas que se le dan a los deportistas campeones, pues no.
Pues la FIFA anunció que se producirán 2,026 anillos iguales. Treinta de ellos para los campeones del mundo y 1,996 que serán vendidos al público en general o, mejor dicho, a quienes puedan pagarlo.
Treinta anillos alcanzan para los 26 jugadores, el director técnico, quizás dos auxiliares y el presidente de la federación tal vez. Los demás, digamos un tercer auxiliar -a veces lo hay-, el médico, el fisioterapeuta, el psicólogo, el metodólogo, el nutriólogo, el que lleva los videos y la data para analizar, vaya, hasta los utileros… pueden comprarlo.
Porque ellos lo merecen menos que un CEO o un criptobró que ni siquiera sabían del soccer hace dos meses.
Nuevamente me pregunto: ¿para qué?
¿El partido que nadie quiere jugar?
Ya que ando muy paraquésoso, un ¿para qué? que mucha gente se hace es sobre la existencia de un partido por el tercer lugar.
Básicamente, ya no existe en el futbol europeo (que es el que pone las condiciones), ni en la Eurocopa, ni en ningún torneo de clubes de la UEFA, y esa consolación en realidad es poca para la mentalidad de muchas personas que se creen europeas.
Pero estamos en México, tío.
OK, ya en serio.
Si han conocido mi trabajo recientemente, quizás no sepan que mi área de especialidad es el deporte olímpico, donde una medalla de bronce vale, y vale mucho.
Pero en el futbol la tendencia parece ser negar reconocimiento al subcampeón y al tercer lugar de los torneos, cualquiera que sea.
En el balompié, como en cualquier disciplina que involucre enfrentamientos directos, ya sea individual o de conjunto, una medalla de plata o de bronce es precedida por una derrota cercana, la inmediata de la Final o la previa de la Semifinal.
De hecho, solemos ver en los podios a veces a medallistas de bronce más contentos que los de plata porque el tercer lugar acaba de ganar su último enfrentamiento y el segundo acaba de perderlo.
En cambio, si bien no es regla, llegar segundo o tercero en una carrera atlética suele provocar alegría en el momento porque es significado de recibir una presea y ver tu bandera en el podio.
Y digo que no es regla porque, sin importar qué formato de torneo o evento deportivo sea, la satisfacción de ser el tercer lugar depende más de tus metas, anhelos y a veces hasta tu palmarés previo que de otra cosa.
Por eso podrás pensar que a Francia e Inglaterra les parecerá poca cosa el partido de hoy. Y puede ser que sí. Algunas selecciones poderosas que caen a este agujero de consuelo alinean a sus suplentes. No les quiero hacer un análisis técnico de un partido donde no tengo idea a quiénes van a poner a jugar Didier Deschamps y Thomas Tuchel. Lo único que veo factible que pase es que los galos van a jugar a ponerle balones a Kylian Mbappé para que sea campeón de goleo, aunque ni de eso estoy seguro.
Pero sí creo que le deberíamos dar valor a este partido.
Ya quisiéramos que México estuviera jugando hoy.
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