Los nuevos campeones mundiales redondearon un periodo en el que sus mayores representativos lo ganaron todo.

Hay un adagio que dice que el marcador más engañoso en el futbol es un 2-0, pero quien no haya visto la Final del Mundial y vea el marcador de 1-0 en tiempos extra, pensará que fue un partido apretado, sin embargo, la realidad es que España le dio un paseo a Argentina, le quitó el balón, el título, el orgullo y hasta la clase.
Era previsible que España iba a dominar el partido, a controlar el medio campo, que sus extremos se iban a devorar a los laterales, pero lo que no preví es el tamaño de las diferencias entre uno y otro: Argentina juntó récords penosos para un finalista de Copa del Mundo, como ser el primero que no disparó a puerta, ni siquiera en 120 minutos, o que su portero haya tenido más atajadas solo ayer que el de La Furia en todo el torneo.
De Argentina es rescatan dos cosas: la actuación del ‘Dibu’ Martínez, que hace cuatro años recibió un Guante de Oro después de encajar tres goles de Kylian Mbappé, pero que ayer fue quien mantuvo vivo a su equipo con base en atajadas, específicamente, 12 de ellas; lo otro es la clase de Lionel Scaloni, quien no dudó en felicitar al rival, reconocer el esfuerzo de su equipo y ofrecer disculpas por no lograr el objetivo.
Pero solo eso. Porque en la cancha hubo un solo equipo y la tensión que suele vivirse en una Final pasó de ver quién ganaba a ver en qué momento España abría el marcador, porque su rival no era oponente.
Las estadísticas nos dan pistas de lo que pasó en la cancha: el doble de posesión de balón de España, pero sobre todo, los 20 disparos totales contra solo dos de la Albiceleste. A La Furia le faltó más precisión en sus ataques.
Y fue la dosis de creatividad que hizo falta durante 105 minutos la que marcó la diferencia, cuando Nico Williams, en lugar de cabecear a portería con poco ángulo, lo hizo hacia atrás a la llegada franca de Ferrán Torres, quien de botepronto la prendió de izquierda para que el balón solo fuera detenido por las redes.
Entre el Estadio Soccer City de Johannesburgo y el de Nueva York hay 12,845 kilómetros de distancia en línea recta, pero lo que vimos fue casi una calca: Ferrán Torres decidió correr a la misma esquina a la que fue Andrés Iniesta cuando marcaron los dos goles más importantes en la historia del futbol español: postales idénticas, con la banca entera cubriendo al héroe, con la otra diferencia, acaso, de que la de ayer ocurrió en plena luz del día.
Donde se termina el campo, Torres fue alcanzado por todos sus compañeros, los que estaban en en juego y los que estaban en la banca, ante la mirada del propio Iniesta, protagonista de esa estampa hace 16 años, quien estaba acompañado en el palco de honor por Iker Casillas, Xavi Hernández, Carles Puyol, Jesús Navas, Sergio Ramos y David Villa.
Una nueva generación, de la que algunos de ellos no guardan recuerdos de la hazaña de Sudáfrica 2010 por su joven edad, es la artífice de la nueva cumbre del futbol español.
Los veteranos de esta selección, Borja Iglesias y Aymeric Laporte, tenían 17 y 16 años respectivamente entonces. Eran talentos en formación. Pero Pau Cubarsí tenía tres y Lamine Yamal apenas los cumplió dos días después de que Casillas alzó la Copa FIFA.
Porque si bien ayer dije que a esta selección solo le faltaba en su aura el sextete del Barcelona de 2009, ahora ha coronado una era dorada que ninguna otra selección del mundo había tenido: ser la vigente campeona de Europa, olímpica, femenina y masculina mayores en simultáneo.
Será al menos un año, en lo que vemos si su representativo femenino repite, y de ser así otro más para ver si en el verano de 2028 también lo hacen en la Euro y en los Juegos Olímpicos. Pero será un año que nadie más ha tenido.
La Selección masculina de España intimida no solo por el control absoluto que tiene del juego, sino también por su juventud. Desde ya es la favorita para repetir en 2030.
En cambio, Argentina lo perdió todo
Hablando de bicampeonatos frustrados, el de Argentina ya fue el segundo intento y todo terminó en una especie de déjà vu de lo ocurrido en Italia 1990, en aquella ocasión también como campeona defensora, pero ampliamente superados por Alemania, aunque el marcador también sugiriera algo más parejo con un 1-0.
Lo de la Albiceleste requiere de mucha penitencia, pues cayeron en los siete pecados capitales.
Soberbia: el orgullo los llevó a cometer excesos en sus festejos en todo el Mundial, como cuando Valentín Barco (quien no vio un solo minuto en el Mundial) fue a increpar a Jude Bellingham con improperios en español, como si el volante del Real Madrid no le fuera a entender; o un amplio sector de su afición que no reparó en muestras de xenofobia cuando se señalaron los errores arbitrales que beneficiaron a su equipo. Hoy recibieron un baño de humildad muy necesario. Argentina es un mal ganador y un peor perdedor.
Avaricia: tal vez es el que menos les recrimino porque la ambición de ganar otro título Mundial es justificada, pero cruzaron la barrera de la avaricia con los errores arbitrales que les beneficiaron, desde la tarjeta roja que debió recibir Messi ante Argelia, hasta un inexplicable gol anulado a España en la prórroga.
Lujuria: bueno, aquí seré absolutamente metafórico, pero cuando tienes en el plantel a una leyenda como Lionel Messi, que ha logrado postergar su declive deportivo, es muy tentador formar un sistema de juego alrededor de él, sin embargo, cuando llega un equipo que no le da espacios y le quita casi todo balón que llega a sus pies, hay un problema. Argentina ayer no tuvo plan B.
Pereza: precisamente la pereza fue no tener plan B. Argentina no supo qué hacer cuando Messi fue anulado y optó por replegar, por apostar a la tanda de penales, donde saben lo talentoso que es Emiliano Martínez, pero España no desesperó porque siempre supo que el partido no era de 90, sino de 120 minutos, sin esfuerzo que administrar porque era el último.
Gula: Argentina comió demasiada épica en sus cuatro partidos previos que creyó que eso le bastaría. Se la creyeron demasiado. Y pudo haberle funcionado, tal vez, contra cualquiera de las otras 46 selecciones que jugaron el torneo, pero llegaron empachados cuando debieron arribar en su mejor forma.
Envidia: la expulsión de Enzo Fernández fue solo la punta del iceberg del juego sucio albiceleste. Terminaron con siete tarjetas amarillas y la consecuente roja del volante ofensivo, en el Mundial que más se ha caracterizado por ser laxo en la muestra de amonestaciones. La de Fernández fue apenas la segunda expulsión por doble amarilla en 104 partidos del torneo. Argentina evidenció la envidia del exquisito futbol español, tal como Países Bajos lo hizo hace 16 años.
Ira: Leandro Paredes es un peligro para el futbol. Hace cuatro años le perdonaron patear un balón con potencia directo a la banca de Países Bajos en los Cuartos de Final, por lo que no recibió sanción alguna. Ayer, al terminar el partido, fue a empujar al defensa Eric García y derribó a Gavi, a quien le dio un puñetazo cuando estaba en el suelo. Antes, poco después de su ingreso, le pegó un codazo por la espalda a Rodri que le valió una tarjeta amarilla. Ese chico no sabe controlar sus emociones.
Más le vale a Argentina pensar qué hacer sin Messi, porque, si bien nadie pone en duda un ápice de su trayectoria, palmarés y legado, su carrera tiene fecha de caducidad y esta cada vez se acerca más.
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